Salida inminente: LA PASION DEL IGNORANTE, de Juan Carlos Recio Martínez.

Juan Carlos Recio Martínez. Cuba, 1968. Tiene publicado El buscaluz colgado, premio de la ciudad de Santa Clara 1990. Ha obtenido primera mención en el Julián del Casal de la UNEAC en 1991, con su libro inédito Hay un hombre en la cruz. Vive en New York desde el año 2000 . Escribe en su blog Sentado en el aire.

Recio Juan Carlos. Sobre libros inéditos

Por Edelmis Anoceto Vega

Conservo un libro de poemas, “El buscaluz colgado”, de Juan Carlos Recio Martínez, es más bien un cuaderno, ya enjuto y amarillo, sin página legal ni colofón, publicado por la Editorial Capiro supongo que en 1991. Lo leí por primera vez en el 96, por el atractivo marbete que lo avalaba como Premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara 1990. No recuerdo la impresión que me causó aquella primera lectura, pero sí los comentarios que aún le dedicaban los círculos literarios de entonces en favor del autor y su obra. Se hablaba de sensibilidad, magia, de un poeta intuitivo, de la imagen como tropo. Seguramente luego lo ojearía por azar cuando buscaba otra obra en mi colección de poesía. Finalmente lo he releído, con curiosidad y propósito, buscando en él lo mismo que hallé en otros tres volúmenes de poemas inéditos que el autor ahora me ha hecho llegar: sinceridad, entrega, desgarramiento, acaso cierta desidia, escepticismo, irreverencia.

 Hombre sentado en el aire.

A El buscaluz colgado haré referencia mínimamente, es conocido; Juan Carlos tiene otro poemario inédito que en cuanto al título se le emparenta de manera sutil: Sentado en el aire. Ya ambos rótulos sugieren un vínculo semántico: levedad, gravitación, aunque también quizás desarraigo, distanciamiento. En El buscaluz… parece que el poeta está por descubrirlo todo, como el infante que abre los ojos al mundo por primera vez. Los temas son más universales, reflejan una realidad imaginaria, exótica, que expone las cosas primarias del universo y los elementos naturales: el viento, los árboles, la noche, la luz… Dos cosas me parecen nuevas en Sentado en el aire. Lo primero es que la experiencia del poeta esta en el trasfondo de cada pieza. El poeta ha vivido y por lo tanto ahora ya no descubre, más bien siente estar de regreso y como tal sus palabras no son simple exposición de hechos, imágenes; ahora alerta, define, cuestiona con la convicción de quien conoce el peligro, sus peripecias, culpas, pero sobre todo de quien tiene ya suficientes argumentos para definirse.

La alusión a un pasado superado y la comparación del ser-ayer y el ser-hoy es explícita en un poema que por el título, “Las verdades”, nos sugiere a un poeta seguro de sí mismo, aunque no sabemos si consciente de que las verdades individuales son un producto de las experiencias individuales.

 Cuando acariciaba las yeguas en la oscuridad de una laguna,

no podía creer que las mujeres necesitan

que uno termine haciendo de ellas su alter ego,

porque también a las mujeres y a las bestias

las templan como a un tallo y se las roban.

Cuando vuelva borracho de la ciudad

aunque haya olvidado mis maneras del campo,

y no me vea en la herradura visible de los antepasados,

y mi alma se bañe en el coro de esas bestias,

aun cuando pueda con la tranquilidad de un ciego

acariciar la tierra de la zanja;

cuando nada sea tan apacible como creerse ser el mismo,

volveré a las dolientes esquinas para ser perseguido

por las sombras y las dudas y las malas lenguas.

 También la madurez le permite autodefinirse y al mismo tiempo ficcionalizar su yo en una enumeración de seres, e incluso objetos y lugares, que en su conjunto exponen la franqueza, la desnudez y el impudor de un sujeto lírico que ya no tiene nada que perder.

 Yo soy la réplica, el Jesucristo, la comarca,

yo soy la réplica, el multihéroe,

la vergüenza;

[…]

Yo soy el feo, el que más tiembla,

el que todas las noches alumbra a la virgen,

la vitrola de un bar, el fecundado de las calles

y los huesos del niño que vio nacer a su padre.

Yo soy un tren, mi espíritu,

mi delirio de persecución —esta es mi ley, ya se los dije—;

yo soy el feo,

el pecador que ante ustedes y ante Dios ya se confiesa

(“Epílogo”)

El otro elemento novedoso es la incorporación al discurso de referencias a otras obras literarias, universales y cubanas. Así aparecen Los puentes, de Fayad Jamís, La educación sentimental, de Flaubert, Bola de cebo, de Maupasant; también a sitios y personas reales, amigos, conocidos, personajes bíblicos, escritores, frases de canciones e innumerables citas. A la fuerza emotiva que caracteriza la obra de Recio se une este arsenal de cultura, el cual es volcado sobre los textos sin pretensiones de erudición, contextualizándolos y otorgándoles riqueza intelectiva como un atractivo extra.

 Yo soy el rey Juan Carlos.

 Las características expuestas anteriormente están presentes además en otros de sus libros inéditos. No obstante se debe señalar que en La pasión del ignorante la voz de los poemas alcanza aun mayor autoridad y fuerza sugestiva. Se sitúa a cierta distancia del mundo, como mirando desde arriba: ¡Criaturas terrenales!, les miento,/ se ve un molino que asciende/ el guardián asesinado, la estepa vacía./ Les miento con diez órdenes celestiales:/ primero, el destino, la soledad del músico…, o trasmite la sensación de lejanía: …allá donde los pies pueden suspenderse/ pero no la cabeza lógica de las flores y la secuencia del vaso/ hundido en el fango de las imitaciones,/ allá, y solo en la distancia donde suelen zafarse/ esas costumbres de preguntar por los parientes muertos…

Y desde esta nueva perspectiva vuelve el poeta a la familia, a los recuerdos de la casa, a las cosas domésticas que solo regresan por nuestra lástima a manchar los manteles con humo (“Cuando las aguas dulces están secas”), con énfasis especial en los amigos, a muchos de los cuales dedica piezas enteras en el capítulo intermedio titulado “El libro de los nombres”.

En un proceso semejante se vuelve al hombre como blanco último de la poesía, y su contemplación engloba una anchura más amplia y profunda. De regreso de esa comunión de la conciencia poética y la artesanía que implica la creación, por un lado, con la experiencia y el conocimiento de causa, por el otro, el poeta entra en un diálogo diferente con el ser. Se emplaza en sus propios dominios de hombre, intenta apropiarse de la esencia sensual y la energía de la vida. De la rebeldía llega a la esperanza sin dejar de enfrentarse a la duda y a la desesperación, conservando siempre la fuerza de lo primitivo en su decir.

Por último se muestra como un iletrado a quien apasiona sin embargo la literatura. Esas lecturas de los clásicos que no hice a tiempo […] los títulos que vi en el librero sin leerlos son los asuntos de los poemas que conforman el último capítulo “La pasión del ignorante” (Libro de las pasiones, me gustaría llamarlo). Aquí vuelve a la autodefinición, como una obsesiva manera de ser y mostrarse ante el mundo, del mismo modo que lo haría en:

 Sentado en el aire.

 Todo lo escrito parecía pertenecerle a otra vida

Me tomé el atrevimiento de sugerirle a Juan Carlos Recio que su libro Para matarlos a todos debía comenzar con el poema “Como pez en la orilla”. Lo hice pasando por alto que el concepto de un libro pertenece únicamente a su autor, aunque siempre nos sea dada esa prerrogativa de formarnos, como lectores individuales, de un concepto propio. Pero lo hice porque el inicio del poema es en verdad ideal para comenzar ese volumen en específico, para captar el espíritu de ese cuerpo que parece decirnos que hay aspectos existentes en la realidad cuyas cualidades son tales que bastaría que Recio los evocara para ser poéticos:

 Todo lo escrito parecía pertenecerle a otra vida,

y lo que perdió desde el vasto silencio hasta la tinta

era más que su sangre, la obra por la que debieron conocerlo.

 De los libros comentados, Para matarlos a todos (last but not least), me parece el de mayor logro. Con él llego a comprender cómo funciona la poesía y su escritura en el autor, y por lo tanto su manera de apreciarse a sí mismo en relación con el mundo, ya sea de disentimiento o armonía. Con él me doy cuenta de que la poesía de Juan Carlos Recio, por más intuitiva, no es únicamente un efluvio que mana de la realidad, donde se suponen que residan todas esas ideas poéticas universales que el poeta es dado en captar de manera prodigiosa con menor o mayor acierto, según su inspiración. Todo lo contrario, su poesía es puro lenguaje imaginativo, combinaciones verbales muy específicas e irrepetibles, puestas en función de un fin, de un sentido moral y estético. Es una parte de la realidad como cualquier otra (existe allí y se hace patente en el poema), desde la que se validan en nuestra experiencia común una suerte de sentidos que serían inexpresables a no ser por el lenguaje.

No puedo terminar sin dar a conocer in extenso (previa solicitud al autor) el poema “El jazz del carnaval”, de Para matarlos a todos, en el cual se superponen de manera magistral esos dos exquisitos mundos del poeta, el de la experiencia y el de la imaginación, para crear otro sublime, singular e irrepetible: el poema.

 El jazz del carnaval

 Miró mi pene hasta la base

como quien mira un jardín desde una casa vacía

y luego de olerlo alzó sus ojos,

y la fiebre le puso la cara de flor,

y su lengua, de pétalo muy húmeda.

Acariciaba toda la tierra del cantero

era como abonar la raíz de un rosal sin espinas.

Luego, muy lento tragaba el sumo del jazmín,

así como las manos penetran la tierra recién mojada.

Fueron veinte mil leguas y un jazz desesperado

detrás de una glorieta con hojas de azucenas

y un dibujo de cuerda de guitarra

que en esa inmensidad del delirio a mí me parecía su cuerpo,

y la saliva de sus labios como dos alas de mariposa.

Ella tocó con maestría una música muy acústica

y mi jazmín el cielo de su boca,

cada vez la perfección nos germinaba

y en la base la hierba humedecida nos hizo flotar.

Al final las cuerdas se rompieron y su voz quedó sin ecos,

sus ojos se apagaron como una rosa en una página oscura

y mi jazmín dejó de iluminar el polen de su cara,

hasta quedar apacible debajo de la hierba del cantero,

justo también cuando la orquesta dejaba de tocar

y los acordes de la música de jazz parecían quejidos

de la espina maltrecha de un rosal

o tal vez solo fue el sueño sublime de algún jardinero.

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