El poeta que siempre existió

León de la Hoz

No tengo ningún reparo al decir que David Lago es uno de los poetas vivos más sugerentes de la poesía cubana y, posiblemente, el que más incomodidad produce socialmente. Esa puede ser una de las razones por las cuales se le conoce mal y poco, ya que si los poetas han cedido en preferencia a los narradores, es menos probable que pueda interesar un “maldito” como Lago. Su poesía hecha contra corriente, malediciente a veces y maldecible por algunos, no consiente otra norma que la de su ética frente al conservadurismo de todo tipo, la represión política y los tópicos culturales que amenazan la libertad del individuo, y ese es uno de los valores más diferenciadores dentro del conjunto de la poesía cubana ahíta de complacencias. Bajo esa sombra compartida con sus poemas ha fabulado una obra particularmente centrada en sus ángeles y demonios, sin otro destino que no sea la sinceridad del diálogo del poeta.

Si en algún lugar quisiéramos poner a Lago acorde con esas rígidas teorías de clasificación académica, quizás no habría sitio para él. No pertenece a ninguna de las generaciones literarias establecidas por los estudios de la poesía cubana, si bien el poeta nació en 1950 y publicó su primer libro en 1994, en el exilio, después de haber salido en 1982. Tampoco su poesía, de la que tiene varios libros inéditos, es propensa a calificaciones según el uso. Menos mal que poesía puede vivir sin el aire viciado de las escuelas, y los poetas sobrevivir. Él está, estuvo siempre, en el otro lado del espejo donde complacientes nos mirábamos los poetas y también en la otredad conque la política cultural cubana lo condenó porque el poeta estaba fuera de lugar. Nadie, a no ser los amigos poetas, se ha ocupado de él. El poeta parece no haber existido, aunque siempre ha estado ahí para sus amigos y Gastón Baquero, que en 1994 mencionó, cualificándolo, Los hilos del tapiz (Ed. Betania), como uno de los diez mejores libros leídos durante ese año por él.

Una de las cosas que primero llama la atención en este poeta es su actitud desenfadada y hasta descuidada hacia la escritura; posiblemente más de un verso y un poema necesitaría aplicarle el cruel remedio de la amputación, pero como diría Borges, en contraposición a Mallarmé, la poesía es mucho más que palabras. En ese sentido, posiblemente este sea un poeta sólo comparable a Ángel Escobar: fuerza, tanta que a veces irrumpe con el dislate; incertidumbre, tanta que la vida parece un plano inclinado; desasosiego, tanto que cada poema es como un sacrificio. No obstante todo eso es conseguido con la más extraordinaria naturalidad y es una de las cosas que más llama la atención del lector.

Leyendo los libros tardíamente publicados en España uno puedo comprender aún más una época de la poesía y la cultura cubanas, allí donde sus contemporáneos escribían poemas optimistas, “revolucionarios” y conversacionalmente romos, según exigían las normas de lo políticamente correcto, él buscaba no sin tropiezos un lenguaje diferente que primero fue próximo a Orígenes y por ese motivo lo condenaba al silencio. Luego, cuando el conversacionalismo comprometido era un cadáver que se enfriaba rápidamente, se apropió de la narratividad de esa poesía para contarse a sí mismo. De ahí que sus textos hayan devenido en narraciones autobiográficas y al mismo tiempo en testimonios de la inadaptación y la represión política padecida en su propia carne. No hay poeta que haya contado mejor el sentimiento de frustración, el desasimiento social y el dolor ocasionados por la política absurda y la represión a lo diferente, fundamentalmente durante la década de los años 70 en Cuba.

Con su poesía, David Lago salta por encima del cadáver de su generación biológica y se instala en un devenir, que no es el vacío neovanguardista o postmoderno de la poesía de los 90 que espantada de todo huye de sí misma, ni es tampoco la crítica reconciliadora de los 80; aunque, no obstante, toma de todas partes y adapta cada calzado a sus pies y al camino que quiere andar: La anécdota y el tono narrativo; el equilibrio entre la imagen poética y la prosa que a modo de versículos nos ofrece en gran número de poemas; el sarcasmo y la ironía como filosas tijerillas de descoser; la intertextualidad y sobre todo la que se produce a nivel de contextos culturales (obras cinematográficas, musicales, países con escenarios diversos); el indiscriminado uso de vocablos “antipoéticos” y de uso común; la beligerancia en cuanto al punto de vista; la apelación provocadora y, no menos importante, la actitud reflexiva del poeta.

Estos son algunos aciertos o desaciertos de poéticas revenidas de las que Lago hace una síntesis, cuyo mejor resultado es mostrar una poesía plena de excelencias y sobresaltos que a nadie deja indiferente. No importa que la corona del poeta no sea de laureles, sino de espinas, y que con ella no le dejen subir a los podios de los concursos ni pasearse por palacios, ferias y festivales. Él siempre estuvo y estará para recordarnos un hombre como cualquiera que sufrió, gozó y soñó para luego contarlo porque ese es el destino de los sobrevivientes, la verdadera generación a la que pertenece.

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