Ha salido el ‘Cuaderno de la herborista’, poemario de Margarita García Alonso

Ya que no he podido entender a los Hombres,

recorto y coso pero no me sale un humano,

me dedico a las plantas.

La herborista.

 

Hablo de lo vivido en un pueblo de la Normandía, de las ambiciones abandonadas con la vejez, para dedicarme a la horticultura. La planta sana. Mi profesión de herborista me obliga a sembrar y a talar para que renazca la primavera. Confecciono un herbolario con poemas y hojas de otoño y creo pociones para la transformación final.Como siempre, aunque no lo desee, mantengo el dejo de despedida en cada poemario. 

COMPRAR

Decreto de la herborista.

La lengua roza el interior con violencia

en cada poro germina un cactus

que desciende del pubis a los pies

-con arbitrariedad estética de enredadera

busca comida para el mes-

Como si fuese un juego prohibido

echo a mano al reloj de preciosismo suizo:

la arandela nunca se traba

jamás un traspiés, exacta y aburrida.

Hay que renunciar- anuncian los médicos-

no reescribir textos, no dictar elegancias,

amputar los apuros, determinar

la palabra que condena.

Ser maligno, cortar el traje,

la apariencia, el destiempo,

añorar el hueco

para que ocurra la conversión

del humano en planta.

Morder el hueso que afirma a la columna

como un jeroglífico inocente.

El cuerpo aclimatado a genes contradictorios

al desamor que ovula en la vagina

– intruso océano, marejada

de órganos que destilan-

Asumir el riesgo, ahogarse en los tejidos

multiplicar células diferentes a la escritura.

Cuerpo atado a malvas fulminantes

a la absoluta nada de la sangre cuando cesa

de nutrir plasmas airados,

todo tan cercano y similar al acto de nacer.

Definirse, acurrucarse sin el estruendo

del corazón de madre,

hacer confianza a la natura,

ser semilla, pasar a vegetal

porque ha sucedido lo irremediable.

Destruye el miedo,

destruye esa neurona que hinca rodilla

saca pecho, desahoga tu ímpetu de huir.

Cuando tengas mi edad habrás aprendido

a cuidar los ataques estéticos, la rigidez excesiva.

Todo ha pasado como un trabajo de perros

drogados de vanidad y de ira.

Mantén la aristocracia: muestra piedad

por tu ruina de versos.

Eres solo la podredumbre que

quizás germine bajo el ojo

de esta humilde herborista.

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