Ha salido en Bubok la novela La pasión de la reina era más grande que el cuadro, de Margarita García Alonso

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fRAGMENTOS DEL cAP. 000

Aquí os dejo este libro, vosotros quienes alguna vez vivisteis
para que nunca más volváis. 

Czeslaw Milosz

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Para contar la historia del cuadro he tenido que engordar quince kilos. Atragantarme de platos insanos, despreciarme, envejecer y no retocarme las canas, en un esfuerzo sobrehumano por aportar a la caja torácica la dimensión necesaria para que mis brazos colgaran sobre el teclado y con la ayuda del mal tiempo me pusiera a teclear una letra tras otra, onza a onza. Si cada palabra no era oro, o grasa humana, no valía la pena detallar la obra y nadie entendería que la pasión que aunó cada elemento, cada partícula y pigmento fue realizada con el mismo esfuerzo del cargador de sacos del puerto o el campesino que se empeña en desbrozar las malas hierbas.

Tuve que coronarme reina de Groenlandia, estudiar costumbres, estaciones, pasar frío en las madrugadas, llorar lagos helados, flagelarme el ombligo y volver a nacer.

El resultado es un trazo litográfico. La historia de la mataperrada virtual que me costó la vida, bajo un desatinado juego de péndulos astrales que se entrechocaba, provocando un mal tras otro mal, un golpe tras otro golpe, la emanación tras la emanación, secándome.

Un ser desorientado deambula bajo la tormenta de nieve, no está seguro de a dónde arribará, pero el alba pespunta en el papel y nada le asusta.

Me proponía utilizar colores para deslumbrar la osamenta atrofiada de lectores apagados en discusiones de cuatro centavos y vete a tomar aire en las redes sociales, pero la negrura del carboncillo me ensuciaba los dedos, montaba al brazo, se hacía charco de petróleo en la panza, costra bajo los senos, para finalmente enredarse en las greñas que no había tenido el cuidado de desenredar durante semanas.

Despavorida repetía escenas de un gigantesco cuadro. Corría a asearme, me lavaba frases, párrafos, comillas, el cuerpo, los anhelos, los deseos. El absoluto silencio apretaba el centro del pecho, y cerraba las amígdalas; salivaba blanco, antes de golpearme las costillas para soltar gases que viajaban pateando el esternón, ahogándome como si estuviera llena de insultos, o de rabia.

Terminaba en una silla, frente a la pantalla del ordenador, imponiendo al respaldar el peso de una piedra del cielo, o el metal bruto esparcido en un desastre aéreo. A fuerza de posarme con toda la desgracia de la tierra, el respaldar se fracturó, alicaído y de medio lado se despachurraba a los costados.

Víctima del polvillo que flotaba entre la mesa de dibujo, la mesa de escritura, y la mesa de comer, dispuestas para perderme en los desplazamientos y dejar a un lado las ganas de trabajar, me confinaba en la única tabla que contuviera restos de comida, un cenicero y dos o tres botellas entamadas de agua con burbujas.

El polvillo persistía y no podía sacudirlo, era mancha de emociones, memoria de cuerpos, rencores, esperas, ilusiones saboteadas, náuseas, disgustos. Se aglutinaba frente a la ventana, formando canalizaciones de penumbra.

De hecho, las ventanas estaban en tal estado que apenas filtraban la luz; pronunciaban el efecto desastroso de tales tubos negros enrollándose, desenrollándose en cada recoveco habitable de la pieza.

Monito, monito”, gritaba con desespero, frase mágica que utilizaba para invocar a mi amigo secreto, mi confidente, quien no podía desdramatizar lo que había caído en el interior de mi cuerpo, no atinaba a hacerme reír, ni a que moviera un pie sin que cayera en vértigos, bajo un sopor estacionado en el terror a los gestos.

Monito, monito”, repetía sin que apareciera. Como su nombre indica, hablo de un macaco enano que tiene por costumbre defecar pequeñas cagarrutas en el piso, semejantes al tabaco negro, o a las virutas de los lápices gastados por el sacapuntas.

Antes, mucho antes, tuve como mejor amigo secreto a un príncipe ilustrado, una especie de biblioteca con patas. Pensaba en él y se aparecía al instante sin que tuviera que frotar una lámpara o llamarlo tres veces. Amanerado como si estuviera diseñado para la propaganda del jefe de los baños turcos gay de la capital, solucionaba cualquier conflicto largando una frase manida, aceptada por el uso popular, que me dejaba desconsolada como un sex-tory sin pilas. Lo largué apenas obtuve la mayoría de edad y fui aceptando imaginados amigos de paso. Como la época, les hacía contratos a tiempo determinado. Cumplían su función, no les agradecía y les despedía sin miramientos. Los olvidaba.

Monito es distinto a cualquier especie de acompañante subliminal sobre el planeta. Hablaba en sánscrito elemental, tirando a carretero recitaba la Divina comedia como si se tratara de una fatalidad intelectual; pronunciaba con acento ruso algunas palabras del argot eslavo y terminaba por guardar silencio.

Un silencio más liviano que el mío, que rebotaba en las paredes, crujía los papeles, o escapaba tras el rugido de los ómnibus a la zona industrial y aún, en el más absoluto silencio, se palpaba por el dolor que les he mencionado, en medio del pecho. Un brazo interior me sujetaba las cuerdas vocales, la mano de adentro, tiraba mi voz al tripero.

Esta aptitud de monito me cuadraba, simplemente me rascaba y así pasaban las horas….

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