El color en ‘El centeno que corta el aire’, de Margarita García Alonso , por Ena Columbié

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el NUEVO HERALD

Artes y Letras

El color en ‘El centeno que corta el aire’

Ena Columbié

Especial/El Nuevo Herald

La utilización de los símbolos de color para expresar situaciones es tan antigua como el homo sapiens. Algunos artistas y escritores los utilizan como herramienta, pero la realidad es que desde el Modernismo su uso se ha decantado más hacia lo expresivo que hacia lo contemplativo. El carácter simbólico del color en la poética de Margarita García Alonso (Matanzas, Cuba, 1959) es un aspecto ineludible en su nuevo libro, El centeno que corta el aire (Betania, 2013).

La poeta, que sobre todo es artista, conoce de la dualidad físico-fisiológica del color. Está al tanto de las características peculiares del mundo artístico y literario, así como en la trasformación del color en símbolo y enunciado. Por eso los explota:

“Nadie a mi alrededor canta palabras/ de mi lengua natal, nadie sacude/ toallas desde el balcón solo veo una/ alfombra que se deshace/ en el hilillo de nieve, la traza de un pie/ que hunde el blanco” ( Sonidista del alba).

El símbolo cromático blanco es utilizado como suelo, nieve y también vacío, y también como lamento por la soledad; sentimiento de lo vano idealizado por los pasos. En ese mismo poema, encontramos también manifestarse las tendencias al orfismo, con la que muchos pintores se proponen dar a los colores un poder evocativo.

Se sabe que el rojo es el más caliente de los colores de la gama cromática, García Alonso usa el recurso del agua para lograr un contraste con el símbolo cromático rojo y suavizar su significado llevándolo a cálido.

“Quiero oír el corazón de mi madre,/ el latido que fustigaba aguas rojizas, la palpitación que me irrigaba” ( Sonidista del alba).

Así vemos en el poemario el uso del ontocolorismo, teoría explicada en 1882 por el filósofo francés Lucien Renout, y que define como el arte capaz de develar el mundo visible del ser por medio de las impresiones cromáticas. Impresiones no solo descubiertas por el color, sino también por otros símbolos por abstracción: sangre (rojo), trigo (amarillo), luna (oscuridad).

“Nada iguala la sangre que/ convierte el trigo en textura de/ museo. Son tantos pigmentos/ rojos alterados, sobre cráteres/ dispersos semejantes a la luna./ Entre la cabeza y el tallo pie,/ lo que fue un vago suvenir/ de hombre sin oreja” ( Bajo el cielo de Auvers-Sur-Oise).

“Es un homenaje a Van Gogh”, nos cuenta la artista-poeta a través de una carta. “Fue a partir de un peregrinaje que hice a Auvers-sur Oise, donde se suicidó [el artista]. Queda a una hora y media de casa y, aunque ya había estado en varias ocasiones, en esta fui sola, a comerme los trigales y pensar en el pelirrojo, quizás, por esa cercanía es que se me embarró, salpicaron los colores al poemario. (…) es la tela cromática del alma de este hombre, cuando te acercas mucho, pues mancha cualquier verso. Y mancha en el sentido de marca buena”.

Sabemos también, que el color incide en los sentimientos, y la consecuencia emocional obedece al sujeto sobre el cual se evalúa un color, y al propio color en sí; por eso cada creador posee una estética propia para su manejo y logro de efectos. Como una tabla personal de valoraciones. En El centeno que corta el aire, el negro impera identificando la tragedia, lo oscuro y la melancolía…

“Tose la negrura, las infinitas capas/ de hollín que denuncian tráficos/ en el mercado cuando fuma a/ escondidas cigarrillos negros” ( La aguja en el pajar).

En esa estrofa vemos como el símbolo cromático negro, se refuerza más con negrura, y con hollín, acentuando la escena. Lo mismo sucede con la que aparece a continuación que, aunque pertenece a un poema diferente, –en su individualidad y por obvias razones– parece consecuencia de aquel:

“El respiro fatal, el líquido, el/ estruendoso mar que desespera el/ negro pulmón que se deshace en/ violetas pequeñísimas, me tiñe/ de azul” ( Pescador).

En el poemario hay muchos otros ejemplos del símbolo cromático negro, y otros diferentes símbolos que lo aluden, como en el caso de noche: la noche en la noche sin techo, ciega en la noche, mala noche, anochecer…

Este es un libro en el que el lector podrá encontrar una obra llena de colorido, aunque no por ello quiero decir que cada poema es una pintura, ni mucho menos alegre. Hay en él un abanico de meditaciones; interesante material para el estudio de la palabra y su color.

Margarita García Alonso es artista visual y poeta, licenciada en periodismo de la Universidad de La Habana. Tiene un máster en Industrias gráficas de Francia. Ha publicado varios libros y obtenido numerosos premios como pintora. Laureada en la Taberna de poetas franceses, y publicada por Yvelinesédition, en marzo del 2006. Creadora de Ediciones Hoy no he visto el paraíso. Reside desde 1992 en Francia.•

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