breviario de margaritas en sentado en el aire

martes, 27 de mayo de 2014

Breviario de margaritas POR JUAN CARLOS RECIO

Escribir sobre Breviario, no se me daba. Como suelo escribir mejor desde el lector, confieso me dio cierta desazón de que la vejez ya estaba dándome duro en el espinazo. Entonces lo entendí todo. La poesía que desmadra de esta mujer (que además no esta loca de remate y por contradicción es la mejor parte de ella para descubrirla). Resulta que sí, a veces se escribe contra uno mismo, contra los demonios que nos hacen sangrar y porque los ovarios puestos en su justo sitio, con dignidad, digo, hacen que hablar por los codos no sea un defecto, a lo sumo, es un acto a contracorriente de cualquier cobardía.

Muchos escritores con razones de peso y leyes de lo que suponemos es poesía, defienden que no debemos ponernos a contar. Lo cierto que hace mucho me vale un tarro y mil, y parece que a la autora le ocurre parecido, ella cuenta. Su narración no es un hilo, son cortes, tampoco, desde el yo ramplón, todo lo suelta sin ingenuidad ni falso criterio, cuando se vive a quemarropa de un disparo, se enviuda, el amor nos calienta, a cada rato explota, incluso, se reconquista aquello que parecía frustrado, y hasta el gato de la casa da sus contiendas por un alimento de calidad, no existe metáfora ni falta de juicio, ni dualidad de ser dos, al revés, la poeta es múltiples partes de la mujer que es, y a cada cosa le da su espacio, igual que nos intimida como lectores para entenderla. No lo hace como una amenaza, es la reflexión del espejo, de esa imagen nítida que deberíamos tener a mano.

Ya la neblina aquella cuando pastábamos en el potrero nacional, ha pasado, y Margarita no se anda por las ramas, nos da ese hachazo de cuaje, uno necesita dejar de rodar, poner cable a tierra y de eso se trata. Pero si cree que el arte del elogio es incorrecto, quizás no me crea, no necesitas creer realmente en nada, debes tocarlo. Ve y advierte dar un clip y encontrarte ante la poesía del último libro de Margó, Reina de Groenlandia, le ánimo, a que entre, lo único que necesita es llevarse a ud mismo, es decir, no pretenda buscar al otro, la mujer que escarba en sus viseras, tiene un objetivo muy preciso, no hay otra forma de vivir que no sea desde una realidad a la que se penetre desde el sudor y la lágrima, porque desde que le dijeron que se callara y no lo hizo, es:

Una mujer común,

con una camisola de hospicio

rasgada, amarillenta,

sin identificación.

que te confiesa

llamarse Margarita.

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«Un demonio, al nacer,

me dio el arte cruel de ensangrentar
la peña y de escarbar en la herida».
Charles Baudelaire.



Confesiones de una vagabunda.

 

¿Cuál amistad tendrá con nada
el que en todo es contrario de sí mismo?
Francisco de Quevedo


Antes de perder la cabeza

pondré sobre la mesa

la herida.

Quiero esconderme

en la plaza pública,

donde siempre he estado

al alcance,

a la mano

sin perturbar

o llamar la atención.

Quiero tener paz

al nombrar cada esencia

que me ha matado.

De nada os sirvo,

podéis cerrar el cuaderno,

quemarlo,

escupirlo

depositarlo en el bolsillo

del suicida.

De todas formas

soy culpable:

he bebido poco

he fornicado menos

pero embriago

-borracha,

no admito finuras

en carne descompuesta-

ebria de sentir

como olisqueas en un verso

buscáis consuelo donde no hay,

buscáis compañía

cuando huyo.

Escasea el tiempo,

me voy a traicionar,

voy a vender

como postalita

mi circunstancia.

Decorticaré cada ciudad,

cada perro,

seré breve como un rayo:

no me ha acompañado

la suerte.

Desde que partí de mi tierra

no he recomenzado,

solo cuadernillos,

mendicidad

y este breviario

de vagabunda estacada.

Me dijeron calla,

pero no he obedecido.

Aprende: no soy perla

de altar, ni manto

que busque espalda.

Quizás hasta posea

lo que necesitas,

pero puedo mancharte,

estoy sucia como una

frase de usurpación

a la deriva del Danubio.

He fallado:

quise retenerme adolescente,

quise que mi hija fuese siempre niña,

pero usé el santo que no  conviene,

jugué el número que no tocaba,

usé la bárbara costumbre nórdica

de la sal

sal gruesa en la acera,

sal en la puerta

para espantar la nieve,

el mal ojo, la escasez,

la fatalidad.

Pero llueve

y sobre el nueve la lluvia,

rastrojos de mudanza,

ropa usada,

fotos en el cajón de cocina

junto a utensilios oxidados

como tú y yo,

extranjeros de especie.

Una mujer común,

con  una camisola de hospicio

rasgada, amarillenta,

sin identificación.

que te confiesa

llamarse  Margarita.
 

 

 

 
Leonard Cohen reza la mecánica sagrada  


Escucha, cae el tejado,
una teja tras otra se desliza al suelo
y suena a cráneo que quiebra.
En casa de mi madre
mi padre ha muerto,

nadie grita orden
frente a la escasa cena
para una persona

viene de un fogón de leña
donde pavorosamente
se juntan los hermanos.

Cada paso es lento,
marcado por la tristeza del alero.

Me aconsejan que visione
un mar de flores blancas,
pero hoy relampaguea,
me aprieta el pecho
como si fuese
un botín de cuero

hasta que comienza a rezar
Leonard Cohen,
el pie en una carta
de tarot mal dibujada,
bajo un cielo inexistente
que me devuelve la virginidad.

Leonard reza y su voz desmaya
a querubines y Delfos amanerados,
me ampara de estruendos,
confina la puerta

con su mecánica sagrada
y mi seno derrama amor
en la hierba
bajo el primer extraño,
que tengo a mano.

 

Balada de la regente.


No he tenido que matar,

mis esposos han muerto

de viejos, de cáncer,

de exceso de droga,

no cuentan,

copié versos de muchos poetas

en la esquela mortuoria

insistí en los vivos: “vengan a casa,

copulen mientras duermo,

quiero despedir a mis esposos”

pero fue pretexto para fiesta.

Nadie sabe

a quién dedico textos,

si son míos.

Iré a quejarme,

nadie comprende que

en cualquier momento

suprimo la palabra humano.

Fertilizaré la cabellera

de los ausentes, cortaré cabezas,

siempre corto el pelo

a quien amo,

antes de que sea gris y apeste a

cocaína de novato

que perfora coños

y vende boletas de podredumbre.

Dejaos de celebrar

no escribo para entretener,

me suda la loca,

soy la puta sílaba,

sobre la goma pegajosa que ensucia

la hoja y deja un ciclé

semejante al culo de una perra.

Me voy a ver mis pastizales de vaca,

plastas de mi poder

soy I’ am

la que ha nacido para perder.

 


Margarita García Alonso. Matanzas, Cuba, desde 1992 reside en Francia. Periodista, poeta, y artista visual. Autora de diez poemarios, cuatro novelas y de cuadernos de arte. Licenciada en periodismo de la Universidad de la Habana. En Francia obtuvo el Máster en Industrias gráficas. Posee numerosos premios de pintura, artes visuales y literatura. Aparece en más de cinco antologías y variadas revistas. Premio de la Taberna de poetas francesas en el 2006. Premio de la Fundación cultural Miguel Hernández por su creación gráfica Pájaros azules para el poeta, 2014. Su trabajo en el arte contemporáneo es considerado Patrimonio de la Normandía. Ha sido facturada en la Colección “Spotlight on France”, de la galería Saatchi- on line, de Londres. Dirige la poco rentable, desconocida pero histórica Editions Hoy no he visto el paraíso.

 

 

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